Me

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martes, junio 06, 2006

Mis hijos



Estaba haciendo un frío de miedo. Nunca pensé que en Mongu llegaríamos a los 4 grados centígrados. Esa mañana traía un gripon espantoso. Me acicalé como siempre –desodorante y aguita fría en la cara-, y caminé de mi casa a la Escuela Comunitaria de Harbour a dar mi clase diaria de 9am a 12pm a los niños de 3º y 4º año de primaria. Era apenas mi segunda semana como maestro de inglés, matemáticas y arte, o sea “dibujitos y canciones”.
Cuando llegué al “salón” que más bien es el espacio de una capilla peloncilla de unos 11.876m de largo por 5 de ancho, ahí estaban sentaditos los alumnos de 4º grado. Obviamente muchos habían faltado esa mañana por el frío, pero más de la mitad ya me saludaban con su sonrisita traviesa mientras cruzaba la puerta. Caminé 5 pasos mas y los niños de 3er grado, quienes se sientan viendo hacia la otra dirección, también me saludaban “guuud morninn sistaaar” - aclaro que los inocentes saludan a todo visitante como si fuera una de las hermanas quienes fundaron la escuelita y dicen “sistar” al puro estilo inglés-. A lo que conteste muy digno “I am noooo sister, I am … mmmmhhh” pensé unos 5 segundos con ojitos perdidos mirando hacia arriba: “brother?”, “ni lo mande Dios”, me dije. Ahora si que como dijo San Agustin -o fue San Francisco?-… Dios hazme casto, pero todavía no... total que finalmente dije “I am… Arael” y proseguí hacia delante muy satisfecho con mi rápida respuesta y mi eficiente capacidad de solución de problemas docentes.
Caminé 4 pasos más y llegué a mi “aula” que básicamente es el rincón al final del bodegoncito y que solo se diferencia del salón de 3er grado por una mesita que marca los límites de cada asignatura. Digamos que mi clase se efectúa en un espacio de 2.5 x 3.5m, pero aunque el área es chiquita y en lugar de sentarse en bancas, los pupilos se sientan en un petate, ciertamente la pasamos muy bien durante la instrucción, especialmente en la “cátedra” de inglés porque los guerquitos disfrutan de cantar y, pos lo mas elemental que les tengo que enseñar es la cancioncita del alfabeto… lo malo es que a un lado de la “escuelita”, hay un bar que esta abierto las 24 horas y como en todo negocio respetable que se jacte de ser un antro, hay música continua en altos decibeles para elevar el espíritu de los augustos clientes, de manera que tenemos que competir en el volumen de nuestro canto con Michael Jackson y una estela de músicos del regge y ragga tenidos en la mas alta estima y gusto de los zambianos. Pero fuera de eso y de que no tengo pizarrón ni nos permiten pegar el material de apoyo en las paredes, realmente no me puedo quejar.
Es oportuno mencionar que las micro-ventanas de la “escuela” carecen de vidrio y además la puerta de uno de los costados fue utilizada como ramas secas para iniciar una fogata en alguna borrachera de los vecinos, pues la construcción esta hecha de abono y lodo, de manera que pasan unos chiflones helados muy respetables e irreverendos… válganme amigos la contradicción, pues lo primero se debe a que hay que tenerles respeto por su frialdad y lo segundo porque sin mayor pudor se meten por cualquier resquicio que hayan en la ropa y pasan palpando hasta los mas recónditos y sagrados rincones del cuerpo.
Siendo las 9 de la mañana, con los ojos llorosos y repartiendo estornudos en todas direcciones me senté en la única silla del “colegio”, pues me tocaba usarla a esa hora, y veo a casi todos los muchachitos enchanclados con pies pelones y uno que otro con un suetercito roto. “No m… manches” dije. Le pregunto al maestro de 3er grado, el Sr. Maketo, “oye, y los niños no tienen suéteres y calcetas para este frío?”, pues ya preguntar por zapatos era ridículo, y me dice, “no” sin poder evitar reírse de mi pregunta. Y agregó “están acostumbrados. Muchos incluso duermen a la orilla del rio en sus chozas -una especie de tienda de campaña- con su familia extendida* por donde entra el aire toda la noche. Hay niños se duermen pidiéndole a Dios que llegue el día porque no pueden dormir del frío”. Órale, pensé. No… pos hay que hacer algo.
Fue así como, nuestra Delegación Mexicana de Apoyo al Niño sin Calcetines inició sus labores. Permítanme compartir con ustedes algunas fotos de la primer entrega oficial de calcetas a 70 chavitos, que como podrán juzgar en las imágenes estaban muy re-contentos.
Con la intención de llevar esta coqueta delegación a niveles de apoyo que generen sonrisas mas largas y pronunciadas, al tiempo que menos gripas y noches de insomnio, los exhorto a “mocharse” en la medida de sus deseos -porque si fuera en la medida de sus posibilidades acabaríamos regalando calcetas, hasta con el emblema de cri-cri, a todos los niños de Zambia, y tampoco hay que ser demasiado buenos, no vaya a ser que Diosito nos lleve al cielo antes de tiempo en un arranque de éxtasis-.
Los niños ya cuentan con un par de calcetines en 3º y 4º de primaria. Pero en la misma escuela hay otros 70 niños en 1º y 2º grado que no tienen con que cubrir sus piecitos. Además los mismos que cuentan con un par, pues podrían ocupar al menos 2 pares más cada quien, de manera que pueden aportar con confianza fondos para comprar más calcetas. Les sugiero que empiecen con al menos 10 pares. Cada par cuesta solo $0.50 dólares (medio dólar), es decir que su depósito mínimo para que valga la pena debe ser de unos $55 pesos. Estoy considerando seriamente comprarles un suetercito también… esos andan en el orden de los $5 dólares cada uno y son 140 muñequitas y muñecos. Por favor confirmen antes de depositar para saber cuanto dinero están donando y para que quieren que se utilice. Si depositan en dólares, les doy la cuenta de una de las hermanas y si es en pesos, mi cuenta personal.
Para aquellos que quieran dar un apoyo más constante y piensen en algo así como una beca de estudios a uno de estos niños, háganmelo saber para darles los detalles. Las que administrarían esas becas serían las hermanas de la caridad del verbo encarnado que son con quienes estoy trabajando en esta Misión.

*Nota: la familia extendida es un fenómeno que se da en Zambia con los niños huérfanos y consiste en que los familiares más cercanos de aquellos padres que van muriendo son quienes se encargan de los hijos de estos últimos. No hay orfanatorios, ni siquiera saben que es eso. Para que se den una idea de que tantos niños pasan al cuidado de sus familias extendidas, les comparto que aquí en Mongu el promedio de vida de la población es de alrededor de 33 años. Obviamente con esta carga para las cabezas de familia, no es de extrañar que la mayoría solo coman una vez al día y, en muchos casos, solo maíz cocinado en forma de masa.