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miércoles, julio 19, 2006

Un misionero Mexicano en África


Corte a la fecha
Articulo para Revista “La Palabra Hoy”

“Estoy decepcionado de la vida y también de Dios” murmuró en un hilo de voz. “¿Porqué me pasa esto a mi? Mi prueba del SIDA resultó positiva”, dijo con voz trémula, como ahogada. Sus ojos estaban rojos pero secos. “No entiendo”, continuó. “Mi novia me pidió que fuera a hacerme la prueba del VIH porque nos planeábamos casar. Dios mío!”. A estas alturas, me preguntaba porque me estaba contando algo tan personal a mí, un desconocido. Continuó “se acabaron mis planes, mi vida. No sé como enfrentar esto. No sé si debo ir a trabajar mañana o solo dejarme morir en mi cama”. Cuando llegamos a esta parte del discurso, me dije, “esto si está canijo, ¡Diosito por favor ilumíname para no decir una burrada!”.
Lo miré a los ojos y dije: “lo siento mucho amigo, no sé que decir, no tengo la autoridad ni el conocimiento para aconsejarte. Solo puedo sugerir que te practiques una segunda prueba. El SIDA podrá quitarte la salud e incluso la vida, pero no puede quitarte tu esperanza y voluntad”. Caminamos un poco, sin rumbo, en completo silencio… hasta que simplemente lo abracé fuerte con un nudo en la garganta. Nos despedimos y regresé a la casa enjugándome una lágrima fría, desamparada, perdida. Una lágrima de esas que mientras acarician la cara, queman el alma.
Esta fue una de las primeras experiencias que viví en Mongu con un joven chofer de camión. A las pocas semanas de estar al final del desierto del Kalahari supe que, en esta breve misión, no vine a cambiar nada, ni a exorcizar, ni a mostrar el único camino, ni a sacar del error y mucho menos a civilizar a nadie, pues como expreso mas adelante, ya no estoy seguro de quien es mas civilizado si el “ayudador” o el “ayudado”, si el rico o el pobre, si el pelón o el peludo.
Me encuentro en Zambia tan solo compartiendo y aprendiendo. Convivir con unas cuantas personas y en especial con los niños, es un logro extraordinario. El que puedan escuchar de un extranjero otras formas de pensar y de vivir, ya es en si un hermoso aporte, aunque sea inconsciente. ¿En qué puede terminar esa aportación? No lo sé. Ese pronóstico mejor se lo dejo a alguien con más sapiencia y cordura que un servidor. La verdad es que lo que puedo aportar lúcidamente es ridículo, soy parte de algo mucho mas grande y esa totalidad expresada en mi papito Dios es la que en su inteligencia, me pasea de un lado a otro, como barquito de papel en el gran río, río que lleva una dirección que no alcanzo a ver ni entender.
Aclaro que estoy en Mongu como misionero por un interés personal y no por santo. Mi principal motor es vivir una experiencia apasionada, diferente, enriquecedora… Pues para ayudar al prójimo no necesitaba salir de mi país.
Cuando decidí hacer este viaje de 6 meses como misionero y 12 meses más como mochilero por el mundo, mi mente estaba llena de objetivos y preguntas, algunas de ellas tan utópicas como inocentes eran las otras, por ejemplo: abrir mi visión de vida, visitar todas las maravillas del mundo, aprender y entender otras culturas diferentes a la mía, dar un paso mas hacia el interior profundo de mi alma, hacer un alto en el camino para evaluar si estoy logrando esos sueños con los que crecí y vibré cuando era niño, aprender a disfrutar de la vida sin tener que controlar todo a mi alrededor, contestar a preguntas tales como ¿Qué voy a hacer con mi vida? ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Cómo voy a llegar allí?
Después de 5 meses como misionero en Mongu, soy poseedor de aún más preguntas y los objetivos están muy lejos de haberse cumplido. ¡Pero estoy viviendo mi propio sueño! Hoy soy mas libre solo porque decidí ser fiel a mi mismo. Había comprado tantos sueños ajenos como: el dinero es éxito; como te ven te tratan; eres lo que manejas y donde vives; el irónicamente llamado sueño “americano” -pues si le preguntáramos a los habitantes del continente cuál es su sueño, probablemente la mayoría no coincidiría con ese sueño de raíces extranjeras que se apropió del nombre de nuestro continente-; en fin, tantos slogans comerciales que son a la televisión como las garras a la hiena. Los sueños que las grandes compañías occidentales, la sociedad, mis amigos e incluso mi familia han forjado para mí, no son míos y ya no me abruman.
Hoy no soy más sabio ni más inteligente, pero al menos me siento mas libre. Mi definición de éxito es diferente. Entiendo mejor, sin absolutismos, qué me hace ser y no solo estar. En pocas palabras, esta experiencia resulta una extraordinaria forma de ser Arael, y aunque en ocasiones tengo que pasar por tragos amargos y evidentemente en este recorrido no todo es color de rosa, la sensación de expansión es maravillosa.
Les comparto otra vivencia que ilustra lo emocionante e intenso de este viaje:
A mediados del mes de abril, mientras me encontraba por primera vez en la capital de Zambia, visité con una amiga Finlandesa el “consultorio” de una curandera tradicional con el fin de conocer como funciona la práctica de salud mas importante de este país, pues los doctores graduados del sistema de educación occidental son escasísimos en esta región. Mientras la curandera atendía a un paciente, una señora que hacía antesala con nosotros nos contó un relato: “conozco una bruja que lo puede enviar directamente hasta su casa en su país de origen por sólo 30 dólares y la sangre de una persona adulta, que sería el combustible”. Cuando vio que pelé chicos ojotes me tranquilizó diciendo: “pero no se preocupe porque usted no tiene que matar a nadie, de eso se encarga la bruja. Usted dormirá tranquilo sin cargo de consciencia”. Ah bueno, dije limpiando el sudor de mi frente. Ella continuó “le aseguro que es verdad pues yo conocí a un japonés a quien robaron todas sus pertenencias incluyendo su pasaporte y el pobre, desesperado y sin tener como regresar a su país, me pidió ayuda. Desinteresadamente lo lleve con la bruja y acordaron fecha y hora para su vuelo, mismo que se llevaría a cabo sobre una canastilla como esa” y me señaló una canasta de esas como de mimbre de hilos entretejidos. “El japonés consiguió 100,000 kwachas, equivalentes a los 30 dólares, y la bruja se encargó de todos los detalles, incluyendo el combustible. Al día siguiente, aunque no me lo crea, el japonés llamó desde su casa para agradecernos el favor que le habíamos hecho”.
¡Imagínese! Ante tal ofrecimiento, aunque “tentador”, preferí decir muy educadamente “no gracias… ya tengo mi boleto de regreso” con una risita entre de incredulidad y de espanto.
Las realidades como las previamente mencionadas y cifras alarmantes como que el promedio de edad en Mongu es de 33 años -gracias al SIDA y la pobreza extrema- contrastan con la increíble alegría con la que estas personas viven cada día; la seguridad en si mismos con la que yerguen sus largos cuellos; la dignidad con la que las personas se ven a los ojos cuando se cruzan por la calle; la tranquilidad y curiosidad con la que reciben a los extranjeros; las risas de los niños a toda hora en calles, escuelas y templos; las familias reunidas a desayunar y a cenar; los abuelos sentados en el suelo jugando con los nietos; el respeto que tienen los niños y jóvenes por los mayores; la amabilidad con que se tratan los unos a los otros y la solidaridad amorosa expresada en su “familia extendida”, concepto consistente en que la gente se compromete a cuidar a los hijos huérfanos de familiares cercanos e incluso lejanos y que no deja espacio para orfanatorios, término desconocido en estos parajes. En fin, esta cultura es compleja y me invita a pensar en el significado de “vivir”, de ser feliz.
¿Qué es importante en mi vida? ¿A qué le dedico tiempo? ¿Estoy viviendo con mayor plenitud que mis abuelos? ¿mi alma se está llenando cada día o se está vaciando, o lo que es peor, ni siquiera me doy cuenta? Habrá tantas respuestas como personas, pero me gustaría resaltar que es precisamente en las comunidades “pobres” en términos económicos como las rancherías de Galeana, Nuevo León o del Desierto del Kalahari, donde vemos a la gente compartir lo que tiene sin miramientos y disfrutar de cada atardecer en compañía de sus familias. Estas personas nos recuerdan que somos humanos y no máquinas; que se puede vivir feliz sin necesidad de comprar un auto nuevo como el del vecino; que la sabiduría de los ancianos es más poderosa que la computadora mejor equipada en el mercado; que el dinero no compra un hermano o un verdadero amigo.
Son estos pueblos de escasos recursos económicos los que nos dan lecciones de civilidad y humanidad. Estas sencillas personas carecen, afortunadamente, de algunas enfermedades cada vez mas frecuentes en las grandes ciudades de las sociedades occidentales como una falta de sentido en la vida, un desinterés por lo que le pasa al prójimo y una ambición desmedida, entre muchas otras cosas. Enfermedades reflejadas en los altos índices de suicidio entre los jóvenes y el crecimiento exponencial de sectas que prometen un boleto al “cielo” a través de una nave espacial o mediante la veneración a demonios.
En resumen, creo que tenemos mucho que aprender de los pueblos o regiones llamados “atrasados” o del “tercer mundo”, término que aquí entre nos, me parece no solo ridículo, sino que además evidencia la ignorancia y ego de quien lo utiliza, pues cataloga a una nación únicamente en función de su capacidad de poseer, explotar y comercializar recursos materiales. Lo que me recuerda aquella famosa canción, interpretada por Facundo Cabral, que dice: “Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”.
Si alguien me preguntase si le recomiendo vivir una misión en un lugar económicamente pobre como Zambia, le sugeriría que se pregunte ¿Cuál es su principal motor para realizar esa aventura? Si la respuesta está relacionada con aprender y compartir, África es un lugar extraordinario. Pero si la respuesta está más bien ligada a ayudar y dar lecciones, me parece que las oportunidades para lograrlo son mucho mayores en las grandes ciudades de nuestros propios países, donde los mendicantes que han perdido hasta la dignidad necesitan mucho mas apoyo de ese tipo que la noble, sencilla y sabia gente del campo que habita nuestro mundo. Pero este es un tema, amigas y amigos, para otro “chal” -de rebozo largo y toda la cosa- en otra ocasión. ¡Dios lo bendiga!

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