
28 de febrero de 2006
Empiezo el día en el sexto vecindario de Mongu llamado Katongo, voy en uno de los vehículos del programa HBC (Home Based Care), que nace ante la necesidad de dar apoyo a los pacientes cerca de sus casas, pues los únicos dos hospitales de Mongu –capital de la provincia del oeste- solo cuentan con un par de doctores cada uno y no se darían abasto con la cantidad de enfermos crónicos que hay en esta provincia de Zambia.
Los pacientes de esta zona, la mayoría con enfermedades crónicas como el SIDA, ya nos esperan sentados en la arena a la hora que llegamos. La hmna Lety hace la ronda todas las semanas en diferentes áreas de Mongu, acompañada de varias enfermeras, como Merry, quienes hacen sus prescripciones en función de los síntomas expresados por cada paciente y les entregan ahí mismo sus medicamentos y vitaminas. Afortunadamente hay mucho apoyo internacional con las drogas utilizadas para atacar el virus HIV y la tuberculosis. El tiempo camina lento, parece no tener prisa. Estamos todos bajo frondosos árboles de nuez de la india a la entrada de un asentamiento de unas siete casas hechas con carrizo. Los pacientes esperan pacientemente a ser atendidos. Primero pasan los hombres, por derecho tradicional, y después las mujeres y niños. Todos conviven civilizadamente, nadie lucha por pasar primero, es algo así como la antitesis de Monterrey, como lo más dulce, después de haber vivido solo del limón. Conversan en grupitos y de vez en cuando se dice un chiste que hace participar a todos con una sonora sonrisa. El aire corre suave y la tersa arena me acaricia mientras observo las actividads de las enfermeras. De repente los niños del asentamiento, no las personas enfermas que ahí se dan cita, empiezan a cantar, al tiempo que Lety me explica que ninguno de los pacientes se va a su casa después de ser atendido, pues por respeto y tradición todos esperan a que pasen todos los demas y a que las enfermeras les indiquen que ya se pueden ir. Se convierte esa “sala de espera” sobre la arena, en una especie de grupo de apoyo.
Las mamás de los niños que están cantando pasan de una casa a otra. Caminan orgullosas, con sus espaldas rectas, piernas y brazos largos y bien torneados. Son personas delgadas y alegres con cuerpos cercanos a la perfección. Una de ellas hace un movimiento brusco al agacharse y uno de sus pechos sale de la blusa roja. Lo recoge pudorosa y entre risas se va con la chica de blanco, cada una con dos canastos sobre su cabeza. Pareciera que van a cuidar la tierra y a traer algo para cocinar a sus familias.
2 comentarios:
Willis, no andes viendo chichis por ai...
beso
HOLA ARAEL ESPERO Q ESTES BIEN, ESTAN SUPER INTERSANTES TUS HISTORIAS, MUCHO ANIMO MI ESTIMADO,
CUIDATE MUCHO..
UNO BESOOOOOOOOO
ATTE, ELSA LUNA.
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