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martes, septiembre 19, 2006

Anti-feminista en un camión desarmable

Charla con una chica polaco-estadounidense con acento fresi-nerd-gringo, estudiante de Harvard, en el camión de Kigoma a Mwanza en Tanzania:

- yo no soy feminista. De hecho las mujeres de mi generación en “América” (muy dueña del continente) en su mayoría, no se consideran feministas.
- de veras? Dije fascinado con la idea y con los ojos de tecolote recién levantado – yo tenía otra imagen de las gringas. Continué.
- El feminismo fue una moda que en “América” ya pasó. Dijo con cierto tono de superioridad, de esos con los que el maestro gordito y fumador de deportes instruye a sus atléticos pupilos en el campo de entrenamiento.
- órales, que interesante.
- si, las mujeres “americanas” ahora prefieren quedarse en casa. Pero yo no estoy de acuerdo. Porque no hay igualdad. La mujer se queda obsoleta cuando quiere regresar a trabajar después de cuidar a los niños y eso no es justo. Deberían ser dos años para cuidar a los hijos cada quien, quizás primero la mamá y después el papá, turnándose en periodos equitativos.
- Mhhh, gruñí suavecito y pensé “lo bueno es que no es feminista, ¿como se llamará este nuevo movimiento que desplaza al feminismo, gracias a la aguerrida iniciativa y creatividad de las mujeres estadounidenses?”
Decidí dejar la pregunta en el espacio. Quizás algún día encuentre la respuesta escondida en alguna clave de algún libro como “el código da vinci”.

Mismo viaje: El camión desarmable.

Mientras dormitaba, uno de los compañeros del chofer me movió los pies. “¿Que onda?”, pensé abriendo los ojos. (Por conveniencia y simplificación llamaré a partir de ahora “achi” a los ayudantes del chofer, que es una abreviación de nuestra coloquial palabra “achichincle”).

Pues el achi #1, se dejó caer al suelo y, estando el camión en movimiento, quitó una tapa cuadrada ubicada al centro del vehículo, exactamente a un ladito mío. Pude apreciar una parte del motor, el eje rodaba a toda máquina. Bien, pues estando el achi #1 recostado, le pidió al achi #2 una llave (supongo porque no entendí ni madres). Así lo hizo este último y, congelado de asombro, vi al achi #1 meter medio cuerpo por el agujero y escuché golpes fuertes que retumbaban en alguna parte metálica. Estaba yo en tal estado de estupefacción que ni siquiera exclamé “no chingues”, ni se me ocurrió rezar un Padrenuestro. Estas exclamaciones las dejé para más tarde habiendo digerido los acontecimientos. Tomé consciencia de que en la próxima ocasión debía tener la cámara lista para recolectar pruebas fehacientes de tan ilustrosa experiencia. No tuve que esperar mucho, pues el achi #2 tomó una garrafa de 20 litros de combustible, quitó una tapa incrustada en el interior del camión justo entre la pasajera de hasta adelante y el chofer, sacó una manguerita del tablero, abrió la garrafa, metió la manguerita, puso sus labios en el otro extremo de la misma, chupó y dejo caer la gasolina en un orificio, que presumo era el tanque de gasolina o diesel. Obviamente el vehículo seguía en movimiento. Afortunadamente la terracería estaba en condiciones razonables, si la comparamos con los caminos entre los ejidos de La Joya y Mimbres en Galeana, N.L.
Cuando pensé que mas no podía ocurrir, un achi #3 me vuelve a empujar los pies y me despierta, pues iba yo en profunda conversación con Morfeo. En esta ocasión moví rápidamente los pies y tomé con la mano diestra la cámara que ahora si llevaba colgada de mi hombro izquierdo, lista para disparar. Excuso decirles que cuando el achi #1 vio la cámara, se apuró a ayudarle al achi #3 que ya se recostaba en el suelo, luego de haber quitado la tapa del hoyo cuadrado antes mencionado. Le dan los macanazos correspondientes a lo que, después supe, era el clutch y a continuación aflojan o aprietan una especie de tornillote. Me sentía como Indiana Jones viendo actuar a McGiver.

El chofer le indicó a sus achis -supongo porque otra vez no entendí ni jota- que no estaba jalando bien el clutch, pues se levantaron y nos quitaron los pies de donde los teníamos amontonados sobre el vecino del asiento perpendicular, dejándonos ahora si en una especie de trance de yoga del cirque du solei, entrepernados con vecinos y vecinas. Pero eso si, todos sonrientes.
Ante estas acciones que se veían ya de naturaleza extremas, me pregunté “¿pos que van a hacer estos cabrones?” la respuesta no se hizo del rogar, pues entre ambos achis levantaron todo un trozo de piso del camión de unos 2 x 1.3 metros, incluyendo los alrededores de la palanca de cambios. Traté de tomar fotos como pude porque a la velocidad que íbamos, ya se imaginaran la cantidad de tierra que estaba entrando por semejante boquete. Ahora si pude ver todo el motor del vehículo y ambos achis con el apoyo de su correspondiente achi, es decir el achi #2, se dispusieron a colgarse ahí entre el motor y la audiencia con su ruidosa pero eficaz estrategia de los macanazos hasta que el chofer con senda sonrisa de satisfacción les comunicó que la palanca de cambios funcionaba y que el foquito encendido de peligro del tablero ya estaba apagado.

Nuestras miradas maravilladas –la de la gringa antifeminista pro-igualdad y la mía- se cruzaron y sin palabras compartimos la reciente emoción con una risita de complicidad. Una sonrisa sólo equiparable a esa que se comparte con la pareja justo al término del salvaje desenfreno, cuando ambos satisfechos, sudorosos y cansados se ven a los ojos antes del abrazo de perrito agradecido.
Llegamos sanos y salvos a Mwanza gracias a Dios... y a los eficientes y multi-habilidosos achichincles del chofer.
¡No me vuelvo a quejar de los camiones mexicanos!

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